Una abuela adopta un demonio… Pt.1

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Ayer leí este texto y mas allá de la fantástica de la situación me trajo recuerdos de mi propia abuela, y de como solo se necesita que una persona crea en vos para cambiarte la vida. El texto original esta en ingles y lo pueden leer completo en la fuente, sino lo iré traduciendo de a poco en los próximos días para que todos puedan apreciarlo…recomendación tengan pañuelos a mano.

T.

Fuente: TUMBLR

Una anciana abuela accidentalmente convoca a un demonio. Ella lo confunde con su nieto adolescente en su fase gótica y lo cuida. El demonio decide quedarse en su nuevo hogar.

No es raro que se convoque a este demonio en particular -desde agotadoras bromas en fiestas de Halloween en graneros abandonados hasta ceremonias más legítimas (y más agotadoras) en los bosques-, pero esta es la primera vez que se lo invoca de su reino. En una sala de estar claustrofóbica bañada en el opaco resplandor rosa anaranjado de las viejas lámparas de cristal y una multitud de muñecas de porcelana antiguas espeluznantes y de ojos muy abiertos que podrían hacer correr a Chucky por su dinero con sus silenciosas mirada. Acompañando esas rarezas están los juegos de té en las estanterías sobre tapetes con volantes tejidos con croché con el mayor cuidado, y el colorido ‘Home Sweet Home’ colgaba sobre las paredes.

Es un error, un número equivocado, per se. Ninguna bruja que se haya conocido ha vivido en un hogar tan antiguo. Además, ningún practicante que alguna vez lo haya llamado ha estado ausente, como si lo hubieran levantado y lo hubieran abandonado. No, no funcionó de esa manera. De ningún modo. No si quieren sobrevivir al encuentro.

Oye el tintineo del movimiento en la habitación contigua: la cocina, pasando por el olor penetrante y amargo del café frio y la torta dulce y esponjosa, pero el olor a sangre es más desagradable. Se mueve, siente algo debajo de sus garras, ve una manta de blancos y grises y un hilo negro profundo, enrollado intrincadamente, perfectamente, en un círculo de invocación. Su círculo de invocación. Hay una pequeña salpicadura de escarlata brillante y trozos puntiagudos y afilados de un curioso roto dispersos en la parte superior, como si alguien lo hubiera tirado, intentó recogerlo y pinchar su dedo. Eso explicaría la sangre. Y eso explicaría que el demonio sea llevado a este extraño lugar.

Mientras conecta estas piezas en su mente, el habitante de la casa dobla la esquina y sale de la cocina, sosteniendo una toalla húmeda y blanca cerca de su mano y jugando con las bifocales colgantes del cuello con un cordón antes de detener de golpe su caminata.

Ahora, para ser justos, el demonio normalmente no tendría problema en estar cara a cara con una bruja jorobada con nariz alargada, ojos pequeños y una extraña falta de dientes, o un chal de tela de araña y un vestido negro hasta el tobillo, pero definitivamente hay algo raro aquí. Especialmente cuando la vieja biddy deja que sus gafas en su pecho y estalla en una gran sonrisa (sin dientes), ojos entrecerrados y arrugados por el simple esfuerzo de hacerlo.

“¡Todd! Todd, cariño, ¡no sabía que estabas visitando este año! No llamaste, no escribiste, pero, ¡estoy tan feliz de que estés aquí, querido! ¿Habría sido demasiado pedirle que toques el timbre? Casi me da un ataque al corazón. Y no te preocupes por la sangre, aquí tuve un accidente. Mi estatuilla favorita se cayó de la mesa y la limpieza no fue como se esperaba. Pero me parece recordar que en este momento estás muy metido en el derramamiento de sangre y en las cosas “extremas” en estos días, así que supongo que no te importa. Lanza una cariñosa y amable risa, pero no se burla, es dulce. Por ser abuela. El demonio no es de ninguna manera sentimental o emocional, pero la amabilidad, la familiaridad, el cariño genuino, atrae algunas viejas y nostálgicas memorias. “¡Imagínate si deja una cicatriz! Sería un poco “ruda”, como dicen los adolescentes, ¿no?

Parece tan ciega como un murciélago sin sus anteojos, porque el demonio no es en absoluto un ‘Todd’ o un humano, aunque humanoide, envuelto en una piel lisa y negra, con puntas duras y afiladas garras. Pero el demonio sigue el juego, aunque solo sea porque lo tomó desprevenido.

La anciana todavía sonríe, antes de girar sobre sus talones y arrastrarse por el pasillo con paso rígido que revela una cadera pobre. “Se bueno y hace un poco más de café, ¿quieres? Volveré en un enseguida.

Sí, esto es definitivamente era un error. Uno para los libros de registro, seguro. Para esos viajes nocturnos a bares y conversaciones con colegas, mientras otros discuten cuántas almas habían conseguido a cambio de maníes, o cuántos primogénitos se habían entregado a cambio de cosas que los humanos podrían haber obtenido sin intervención divina. Ugh. A veces todo se volvía tan soberbio que estos pequeños desvíos eran accidentes felices, como los llamaban los humanos.

Es por eso que el demonio hace lo que le piden y entra lentamente a la cocina, con cuidado de agacharse y evitar la parte superior del marco de la puerta. Es por eso que toma con cuidado el pequeño recipiente de vidrio y lo vacía de café viejo y rancio y con cuidado, con tanto cuidado, toma una cucharada de medición entre sus garras y llena la máquina con tierra fresca. Es como el agua caliente que se filtra que la anciana regresa, con el dedo índice envuelto en una serie de vendas de color beige.

“¡Me sorprende que seas tan alto, Todd! ¡No te he visto desde que me llegaba a la cintura! Pero tu madre me envía fotos todo el tiempo, te encanta vestirte de negro, ¿verdad? Se sienta en la pequeña mesa redonda de la esquina y toca la tapa de vidrio de la torta con las manos temblorosas, inestables y envejecidas. “Estaba empezando a pensar que nunca me visitarías. Tu padre y yo hemos tenido nuestros desacuerdos, pero… Me alegra que estés acá, querido. ¿Te gustaría un poco de torta? “Antes de que el demonio tenga la oportunidad de rechazar, levanta la tapa y corta una generosa porción del círculo casi completo que apenas ha sido tocado. Huele a cítricos y crema, como se suponía anteriormente, esta empapado, sobresaturado con glaseado.

Fue hecho para una ocasión especial, para los invitados, pero no parece que esta anciana reciba mucha compañía en esta casa mohosa y estancada que huele a un antiguo garaje con años de polvo acumulado.

Especialmente no de su ausente nieto, Todd.

El demonio espera hasta que la cafetera esté llena, y toma dos tazas pequeñas del mostrador, llenándolas hasta el tope. Entonces, y solo entonces, acepta la torta y se sienta, con cierta dificultad, en una pequeña silla en la mesita. Exclama un cortés ‘gracias’, pero no supone que la mujer lo entienda. Los modales son modales..

“Oh, querido, apenas te puedo entender. Tu voz se ha vuelto tan grave como la de tu abuelo. Eso, y recuerdo que tienes afinidad por esa música ruidosa y gritona. ¿Tu voz se forzó? Está bien, cariño, hablaré yo. Solo descansa. El café ayudara a relajarse”.

El demonio se limita a asentir -alguna comunicación se puede entender sin falta- y bebe el café y se come la torta con un tenedor demasiado pequeño. Es normal, blanda, pero deliciosa por la intención detrás de ella y el amor puesto en su creación.

“Espero que hayas disfrutado de todos los regalos que te envié. Nunca respondes, pero sé que la mayoría de la gente usa ese elegante correo electrónico en estos días. Simplemente no puedo entenderlo. Ojalá tu madre y tu padre me visitaran alguna vez. Conozco un pequeño y maravilloso café al final de la calle al que podríamos ir. No he ido desde…; Quería visitarlos con Charles, antes de que él… bueno. “Se queda en silencio en sus divagaciones, mirando su café con una sonrisa pequeña y melancólica. “No puedo creer que hayan pasado diez años. Nunca tuviste la oportunidad de conocerlo. Pero no importa eso. De repente, y con una velocidad sorprendente que tiene al demonio preocupado por su bienestar, se pone de pie, apoyando sus manos en el borde de la mesa. “También puedo darte tu regalo de cumpleaños, ya que estás aquí. ¡Qué momento! Solo lo terminé esta mañana. Vuelvo enseguida”.

Cuando regresa, la manta de blanco, gris y negro con el círculo de invocación está en sus brazos.

“Encontré estos diseños en un libro ocultismo que tomé prestado de la biblioteca. Pensé que te gustaría que estuvieran en una manta cálida y agradable para combatir el frío invernal. Espero que te guste. “Con manos suaves, extiende la manta sobre la ancha y puntiaguda espalda del demonio como un chal, alisándola hombros caídos y acariciando sus brazos cariñosamente. “Feliz cumpleaños, Todd, cariño”.

Bueno, está decidido. Quien quiera que sea Todd, él se lo está perdiendo. El demonio tendrá que ser su nieto a partir de ahora.

El beneficio de ser pobres

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El beneficio de ser pobres.

Mi vieja es una mina marginal. Toda la vida vivió fuera del sistema y ahí quedará. Por un problema que tuvo al nacer, es muy pequeña: no llegó nunca al metro cincuenta, y por los muchos embarazos que tuvo ya se le cayeron varios dientes. Tiene 41, pero la falta de dientes sumada a su escasa estatura y marcada delgadez, hacen que aparente mil años más.

Mi vieja dejó la escuela porque era al pedo. Vos le explicás algo y no lo entiende. Incluso las cosas más simples, se las tenés que explicar despacio, varias veces. Si querés enseñarle a ir al chino de la vuelta lo mejor es acompañarla y que vaya, porque si le explicás el camino, no entiende. Mi vieja nunca prendió una computadora, ni la va a prender. Apenas sabe leer y escribir, y cuando digo “apenas” quiero decir, escribe como el orto y cuando lee no le queda nada. Tiene que leer algo simple varias veces para que le quede. A veces nos pide ayuda a las hijas grandes, y hay que explicarle despacio y con palabras claras, sino no entiende.

Mi vieja no laburó nunca, no se desenvuelve. Siempre que intentó tuvo laburos muy malos, porque a los buenos, no pudo ni podrá acceder nunca. Siempre limpiando, cada vez que le conseguíamos un trabajo la echaban al poco tiempo: la gente no le tiene paciencia porque vos le explicás y no entiende. Mi vieja nunca aspiró a tener nada, siempre sintió que hay cosas que simplemente no eran para ella. Siempre sintió que ciertas cosas “son cosas de ricos” incluso cosas mucho más sencillas de las que piensan. Mi vieja tuvo varios hijos, todos de distintos hombres. En el hospital le explicaban que no tuviera más, que tenía que cuidarse, pero ella no entiende. Nosotros llevamos el apellido de ella y salvo el más chico, ninguno conoció a su respectivo padre.

Mi hermana Gisella Marisol y yo, tuvimos el beneficio de ser pobres. De pibas, mi vieja marginal nos mandaba a pedir todos los días. Íbamos a las panaderías porque son los que mejores cosas dan, y con lo que volvíamos se cenaba. Mate cocido con lo que hubiera. Cuando no nos daban las del barrio, nos íbamos abriendo cada vez más hasta llegar a las del centro. Por eso nunca compartí la filosofía de no darle monedita al nene que pide: lo único que lográs es que tenga que caminar más, porque ese pibe no va a volver a la casa con las manos vacías. Teníamos hermanos más chicos, pero no quedaban en casa, salíamos todos juntos porque a los más chicos siempre les dan más. Entonces salía mi vieja con nosotros y mi vieja se quedaba afuera y nosotros íbamos al negocio y pedíamos. Cuando íbamos con mi hermanito, la cosa era bastante rápida porque era muy chiquito y la gente siempre te da lo que puede. Mi vieja no entraba porque a los grandes no les dan casi nunca nada. Hay lugares que igual nunca dan nada y lugares que siempre te dan aunque sea un pancito. La cosa es que siempre volvíamos con algo para acompañar el mate cocido.

Mi abuela estaba apenitas mejor que nosotros porque laburaba limpiando. No teníamos a nadie que trabaje excepto ella, entonces lo poco que sabíamos de trabajo era que era horrible: las patronas eran malas y siempre le hacían cosas horribles, le pagaban menos de lo que le prometían y se hacían las desentendidas. A veces se iban un mes a Europa y ese mes la dejaban totalmente en banda. Cuando trabajaba, no le pagaban casi nada, incluso nosotras pidiendo en la panadería, a veces conseguíamos cosas que ella no podía comprar ni ahorrando.

Nuestra casa era un cuadrado con un baño en la época que mi abuela podía pagar alquiler, pero cuando mi vieja se peleó con mi abuela nos mudamos a una piecita sin baño en Pampa Central. Las necesidades se hacían en un balde y la comida del mediodía nos la daba un comedor que daba comidas riquísimas, polenta, guiso, tallarines. A veces hasta había postre, una naranja o un flancito. A la tarde tomábamos la leche en una iglesia en frente de casa y en esa época mi vieja empezó a cobrar una cosa que se llamaba jefes y jefas y eran 150 pesos por mes. Siempre que cobraba, los veintipico de cada mes, comíamos un yogur cada uno y para nosotros era la gloria.

De piba, cuando sos pobre, lo que te salva de la marginalidad es creer. Creer que algún día vas a tener todo eso que querés tener. Cuando conocés grandes que no son pobres y que te preguntan qué vas a ser cuando seas grande, empezás a soñar un poco. Todos los grandes te dicen todo el tiempo que no dejes la escuela, que estudies mucho. Nosotras, mi hermana y yo, conocimos un grande en particular que fue significativamente importante para nosotras: Marcelo General. Seguramente no lo conozcan, no era más que un vecino nuestro. Él y su adorada esposa siempre nos invitaban a su casa a jugar con su hijita, a pesar de que nosotras no teníamos juguetes ni nada para llevar. Ellos tenían cosas que nosotras no habíamos tenido ni visto jamás. La casa de ellos era una mansión, aunque ahora que lo pienso no era más que una casa con comedor y un par de dormitorios. Pero nosotras ahí adentro estábamos en nuestra salsa. Mi hermanita jugaba con todos los juguetes de la nena, yo siempre pedía pasar al baño porque era espectacular: tenía un espejo gigante y papel higiénico de esos con dibujitos y los puntitos para cortarlo derechito. Cuando sos pobre, la riqueza se mide en esas cositas. Ellos eran ricos. Todos los días la acompañábamos a la cooperativa y ella nos dejaba elegir el yogur que quisiéramos. Todos los días le preguntábamos de hasta qué precio podíamos agarrar, y ella nos decía que de cualquier precio, que agarráramos el que más nos guste. Definitivamente eran ricos.

La mamá de la nena nos contaba que el marido a veces se levantaba a las 4, o sea, trabajaba desde muy temprano. El hombre era muy bueno, siempre hacía chistes y miraba la tele. A veces nos daban hielo para tomar agua fresca en casa, porque nosotras no teníamos heladera, pero solo a veces porque otra vecina de la esquina, Silvia, también nos daba hielo siempre. Hay vecinos que te ayudan muchísimo.
Marcelo y Claudia, su esposa, siempre nos decían que fuéramos a la escuela. Una Navidad nos dijeron que había venido Papá Noel pero nosotras ya sabíamos que habían sido ellos. Los regalos, mi hermana todavía los tiene guardados. Así de valioso es todo cuando sos pobre.

En la escuela, también éramos pobres, no marginales. No teníamos las cosas que tenían todos, a mi hermana incluso una maestra no le corregía las tareas porque no llevaba cuaderno tapa dura. Siempre la retaban por no llevar las cosas que pedían y ella siempre lloraba. Pero éramos muy estudiosas, teníamos esa ventaja. Era una escuela pública, los pobres éramos nosotros y los ricos eran los que se compraban alfajores en el recreo, tenían mochila con carrito y cartucheras de dos pisos. Todos los grandes que conocíamos nos decían que si estudiábamos nos iba a ir bien, y nosotras lo creíamos de verdad. Mi hermana no tenía la cartulina que pedían, pero jamás se olvidaba de hacer los deberes. Hubo una asistente social que nos ayudó muchísimo y que siempre nos daba mercadería, lo hacía delante de todos y eso nos daba vergüenza, por eso mi hermana era medio tímida. No lo hacía de mala porque era buenísima, yo creo que no se daba cuenta que es feo que te den mercadería cuando a nadie le dan, en el aula todos te quedan mirando además. Hubo un invierno en que teníamos una sola campera buena, la violeta, asique iba unos días mi hermana y unos días yo. Yo decía que nunca tenía frío e iba igual pero después me recagaba enfermando entonces era mejor así. Mi hermana odiaba faltar porque después no entendía las cosas. Asique yo faltaba mucho. Mucho. Pero en casa había varios libros y los leía, una y otra vez. Yo sabía que estudiando me iba a ir mejor, eso me decían todos.

Éramos pobres, no marginales. No queríamos dejar la escuela. Conocíamos gente que no era pobre y era gente que trabajaba y había estudiado, entonces por ahí venía la mano.
Pasaban los años, mi vieja seguía sin laburar. A veces se afanaba queso de un supermercado, lo sacaba entre la ropa o debajo de la axila. Una vez me afané un alfajor de un kiosko y me dijo que si lo volvía a hacer me iba a hacer pasar la vergüenza de mi vida: nunca más toqué nada. La vergüenza es a lo que más miedo le tenés cuando sos chico, ni que te caguen a palos es tan fulero. No sé cómo explicarles lo que deseás un alfajor o una milanesa. Los que pueden comerlo cuando quieren, para uno son ricos. Yo ya tenía como 12 años y no quería salir más a pedir: me daba vergüenza. Y ahí ocurrió algo que casi nos empuja a la marginalidad, pero con el tiempo zafamos.

Mi vieja había tenido un marido golpeador, un alcohólico hasta los huesos que había vivido con ella cuando éramos mocosas. De nuestros padrastros y otros horrores, no voy a hablar. Este tipo estaba preso hacía varios años, era el papá de mi hermanito, el único que tuvo padre. Estaba por salir de la cárcel y nosotras sabíamos que mi vieja iba a volver con él. Mi hermana, ante el terror de volver a sufrirlo, se fue a vivir con mi abuela y no volvió. Ella tenía 9 años cuando lo decidió, todo para no volver a ver a mi padrastro. Yo me quedé, porque quién iba a cuidar a mi vieja y a mi hermanito, si no yo. Salió mi padrastro de la cárcel y me di cuenta de la triste realidad: yo no podía contra él. Entonces me metí de novia con un tipo 30 años mayor que yo y me pasaba todo el día en la casa de él. Lo importante era no volver a mi casa. Hasta que me tuve que ir definitivamente, a los 13. Confié que a mi hermanito no le iba a pasar nada porque era hijo, no hijastro.

Dejé la escuela porque si se descubría mi relación, mi pareja iba a terminar en la cárcel y yo iba a ir a un colegio o con mi padrastro. No me hubiera arriesgado a eso por nada del mundo asique dejé de estudiar y me alejé de todo el que me conociera. Por supuesto, quedé embarazada. Y como nadie te da laburo siendo una cría de 14 años embarazada, yo me volví, por un tiempo, marginal, no pobre. Ya no podía estudiar porque eso era un peligro para el papá de mi hijo, y nadie me daba trabajo porque… era menor y tenía un hijo. De nuevo y siempre, los vecinos me ayudaron mucho. Ya no eran los mismos vecinos porque yo vivía más abajo, pero acá también me ayudaron, y no saben cuánto. Mi hermana seguía siendo pobre, siempre estudiando, siempre esperanzada de salir adelante.

Pasaba el tiempo, vivíamos como podíamos y yo accedía a los laburos que te dan cuando sos menor. Vendía perfumes en la calle, puerta a puerta o hacía campaña de socios para algún hogar, esos que te pagan el 10 por ciento de lo que recaudás. No existía la asignación y para todos los planes existentes, yo era menor. Todo me empujaba a ser marginal, porque ni siquiera podía acceder a los laburos o planes de pobres. A los 15 hice un curso de peluquería, pero en esa época no existía internet y era muy difícil ir haciéndote conocido en un oficio. Además yo tenía 15 y se me notaba en la cara, nadie se iba a dejar cortar el pelo por mí. A los 16 mentí diciendo que tenía 19 y accedí a mi primer laburo con sueldo mensual: tenía que cuidar a un abuelo hemipléjico. ¡De nuevo pobre! Ya no marginal. Es abismal la diferencia. Cobraba un sueldo por mes que no era más que un sueldito, pero podía comprar comida y cositas para mi hijito. Mi abuela me había regalado un lavarropas automático que le regaló una patrona, ese lavarropas lo vendimos y lo cambiamos por unas garrafas, y esas garrafas las vendimos y juntamos dos mil pesos. Con eso compramos el ranchito que se ve en la foto. Dos mil pesos nos costó, un rancho de chapa con piso de tierra, y estábamos en la gloria. Tiempo después las cosas no anduvieron con el papá de mi hijo, la verdad es que yo hacía rato no lo quería más. Entonces me fui con mi nene y de ahí en más cuidamos viejitos siendo cama adentro, o cuidábamos alguna abuela de noche y yo de día trabajaba de otras cosas. Entonces teníamos casa, comida y un pequeño sueldo. A los 21 años aprendí un oficio y gracias a internet y la facilidad de promocionar tu laburo gratis, pude laburar menos horas durante el día y empezar a estudiar. Pobres, no marginales.

Los años de laburo siendo joven, estudiante y pobre, son durísimos. No es nada fácil este ambiente, se vive siempre al día, y muchas veces te gastás los últimos veinte pesos que tenés en fotocopias del currículum, vas al centro caminando para no gastar en boleto y uno tras otro te dicen que lo dejés, que después te llaman. Los días se hacen eternos cuando nadie llama. Pero la diferencia crucial entre nosotras y mi vieja es que, nosotras teníamos la esperanza de que alguien iba a llamar. Todos los días salís a patear esperanzada, deseando que alguien te diga “venite el lunes a primera hora”. Y tarde o temprano ese día llega.

Mi hermana empezó laburando a los 16 para un tipo que le pagaba “según como trabajara ese día” o sea, le pagaba lo que se le cantaban las pelotas. Como es mucho más desenvuelta que mi vieja no sólo no pierde los laburos, sino que tiene cada vez más. Alquila un departamentito y labura todo el día para poder pagar su alquiler y comer. Yo la he visto llorar de cansancio y frustración, pero como todo pobre, al otro día se levanta y sale a ganarse el mango igual. Además estudia, cuando sos pobre siempre te dicen que estudiar es la salida y vos lo creés. Ya le falta poco para ser maestra, cagate de risa. Capaz hasta se cruza con la que no le corregía las cosas por llevar esos cuadernos que te daba el gobierno que si borrabas dos veces se transparentaba la hoja. Andá a saber.

Mi vieja sigue siendo marginal. Tiene un solo laburo de limpieza hace algo de un año y nunca sabemos cuánto le va a durar. Ya pasó los 40 y es muy joven como para jubilarse, pero grande como para encontrar un laburo fijo. Gracias a la asignación que cobra de los dos más chicos, sumada al laburito, la miseria no es tan espantosa como la de mi infancia en los 90. Las hermanas más grandes nos independizamos hace ya mucho, entonces ayudamos a los más chicos. Ellos no tienen la vida que nosotros, no salen a pedir y pueden ir al colegio con útiles comprados, no esos lápices de porquería que a nosotros nos daba el gobierno y que los pasabas por la hoja y no pintaban. Siempre hay que darle una mano a mi vieja con los trámites de la asignación, porque a ella le explican, pero no entiende.

Cuando sos marginal, como mi vieja, aceptás que tu único futuro es la pobreza. No te interesa tener nada porque estás segurísimo de que nunca vas a poder tener nada. A los ricos los mirás con bronca, son unos miserables que no te dan nada, ni trabajo. A mi vieja nunca le dieron ni trabajo. En cambio, cuando sos pobre, lo que te salva de caer en la marginalidad, es la esperanza de salir de esa pobreza. Es muy dificultoso, porque labures de lo que labures, empezás ganando muy poco, y tenés muchas, pero muchas necesidades para cubrir. Además, siempre tenés en la familia alguien que está peor, y ayudás. En lo poco que podés ayudás. Entonces todo crecimiento se hace más lento, porque le comprás zapatillas a tu nene, pero no podés dejar de comprarle a tu hermanita. Y mi hermana vuelve a cenar el mate cocido con un mignoncito, para comprarle una campera buena a la más chica. Entonces sos sostén tuyo y de tu familia, porque sos pobre, pero tu vieja es marginal y sabés que no va a conseguir laburo. Ni siquiera uno de limpieza como el de mi hermana, o en geriatría, como yo.

No es lo mismo ser marginal que ser pobre: el mundo es de un color distinto. Cuando sos pobre sentís, sabés, la gente te dice constantemente que si te esforzás mucho vas a salir adelante. Mi vieja es marginal, no espera nada del mundo. Sabe, siente, percibe que el mundo es de los otros. Tiene una capacidad cognitiva bajísima y tiene mal aspecto: la gente no le dice nada y si le dijeran, no entiende.

Cuando sos pobre y venís de familia pobre, no marginal, aunque no lo creas ya tenés un montón de ventajas. Tenés otra forma de ver la vida de entrada: son tus propios padres los que te dicen que con esfuerzo vas a lograrlo. Y salís, por supuesto con muchísimo esfuerzo, pero tarde o temprano salís adelante. Con ganar un buen sueldo ya vivís mejor, cubrís tus necesidades y vas mejorando, poco a poco, tus posibilidades.

Una vez leí, en esta carrera que estudio con la esperanza de descubrir cómo hacer que los marginales puedan llegar a ser pobres y que los pobres dejen de serlo, una frase que me voló la cabeza. La frase dice “la diferencia entre un marginal y un pobre es que el pobre tiene claro su lugar en el mundo”. El que lo escribió lo hizo, claro, analizando desde afuera. Pero no le erra. El beneficio de ser pobres es que entendés rápido que tenés que adaptarte al medio para sobrevivir. A un marginal como mi vieja, le expliques como le expliques, no lo entiende.

Cuando los leo odiando a ciertos pibes porque sus padres o ustedes mismos fueron pobres y salieron adelante, no puedo ponerme a explicarles esto de que ser pobre es infinitamente menos malo que ser marginal. Es muy largo, es muy complejo, y además no sé si me van a querer escuchar. Por eso estudio ciencia política y por eso estoy segura de que mi hermana estudia para maestra. Para poder explicarles mejor a los marginales, a los pobres y a los que no entienden por qué los pobres siguen siendo pobres. Igual sabemos que estudiemos lo que estudiemos hay gente que no nos va a querer escuchar. Hay gente que no es marginal, pero igual le explicás, y no entiende.

Mayra Arena

Pregunta incomoda

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Cada vez que aparece el aborto, tengo una pregunta que he estado haciendo durante diez años sobre la multitud de “La vida comienza en Concepción”. En diez años, nadie ha respondido NUNCA Honestamente.

Es un escenario simple con dos resultados. Nadie quiere elegir uno, porque la respuesta correcta destruye su argumento. Y HAY una respuesta correcta, que es por qué la multitud pro-vida odia la pregunta. Aquí está. Estás en una clínica de fertilidad. Por qué no es importante La alarma de incendio se apaga. Corres por la salida. Mientras corres por este pasillo, oyes a un niño gritando detrás de una puerta. Abre la puerta y encuentra a un niño de cinco años que pide ayuda. Están en un rincón de la habitación. En la otra esquina, ves un contenedor congelado etiquetado como “1000 embriones humanos viables”. El humo está subiendo. Empiezas a ahogarse Sabes que puedes agarrar uno o el otro, pero no los dos antes de sucumbir a la inhalación de humo y morir, sin salvar a nadie.
¿Usted A) salva al niño, o B) salva los mil embriones? No hay “C” “C” significa que todos mueren.

En una década de discusiones con personas antiaborto sobre la definición de vida humana, nunca obtuve una sola respuesta directa A o B a esta pregunta. Y nunca lo haré Nunca responderán con sinceridad, porque todos entiendo instintivamente que la respuesta correcta es “A”. Un niño humano vale más que mil embriones. O diez mil. O un millón. Porque no son lo mismo, ni moralmente, ni éticamente, ni biológicamente. 6 /
Esta pregunta limpia completamente sus argumentos, y su negativa a responder confirma que saben que es verdad.

Nadie, en ningún lugar, realmente cree que un embrión es equivalente a un niño. Esa persona no existe. Te están mintiendo.
Te mienten para tratar de evocar una respuesta emocional, una respuesta paterna, utilizando una equivalencia falsa. Nadie cree que la vida comienza en la concepción. Nadie cree que los embriones son bebés o niños. Los que están tratando de manipularte para que puedan controlar a las mujeres.

No los dejes. Usa esta pregunta para llamarlos. Revelarlos por lo que son. Exija que contesten su pregunta, y cuando no lo hagan, pongan en su lugar esa gran P escarlata del Patriarcado. El fin.

Entonces cual seria tu respuesta? la mía…salvo al chico.

T.

Yo nena, yo princesa

9789876301862

 

En 2011, Gabriela empezó a anotar diálogos y episodios de la transformación de Luana. Inicialmente, esta escritura fue más bien un ejercicio, ya que utilizaba sus apuntes para discutirlos con su psicóloga. Estas notas fueron el borrador para Yo nena, yo princesa. Luana la niña que eligió su propio nombre.

Gabriela espera que su libro pueda ayudar a otras familias que atraviesan situaciones similares. Del mismo modo, busca que su experiencia ayude a que haya menos discriminación hacia los chicos trans y que estos, a su vez, no lleguen a un momento de sufrimiento tal que piensen en el suicidio “a los 20 años”.

 

“Yo le escribí los cuadernos a Luana para darle fuerzas el día de mañana. Para que cuando tuviera diez años los agarrara y viera cuánto la amábamos, cuánto luché para que tomara valor. ya desde muy pequeña Luana, en ese entonces aún Manuel, se identificaba con el género femenino y le decía expresamente que era una nena. La primera psicóloga a la que consultó le dijo que debían responderle que era un nene y que, cuando la vieran con algo “de nena”, se lo quitaran. Mansilla inclusive cerraba su cuarto con llave para que su hijo no tuviera acceso a su ropa, que usaba para vestirse de nena. Otros expertos le dijeron que el deseo de su hijo de ser nena era algo pasajero y que necesitaba más presencia de la figura paterna.

Sin embargo, a los cuatro años, Manuel le dejo en claro a su mamá quién era: “Yo no soy un nene, soy una nena y me llamo Luana y si no me decís Luana, no te voy a contestar”, según relató Mansilla. Para ese momento, la familia venía desde hace dos años asesorándose y buscando especialistas.

Cuando empezó primer grado, la maestra de Luana le contó a la mujer que otros docentes se le acercaron y le preguntaron cómo era la niña trans que tenía en su grado. “Y la maestra les dijo: ‘Fijate, adiviná quién es’. Y no adivinaron. Todos ven una nena. Ella demuestra que es una nena. No hay más que hablar”, señaló Mansilla, quien dijo además que “no hay exposición ni maltrato” para la nena en la escuela, donde ya conocían la historia de Luana.

“Empecé a escribir en 2011, no con la idea de hacer un libro. Primero fue para no olvidarme de los dato, de la edad que tenía, cómo decía lo que decía, los diálogos” dijo y agregó: “Después empecé a escribir lo que yo sentía cuando iba pasando lo que pasaba. Se me hicieron dos cuadernos. Después era una compañía, un desahogo. En lugar de contárselo al psicólogo, lo escribía”.

El libro de Mansilla incluye cartas de familiares y amigos escritas a la niña, una idea que surgió cuando la madre de la mujer y abuela de Luana manifestó su miedo de no poder acompañar a la nena cuando se haga adolescente y deba afrontar momentos que la hagan sufrir. La iniciativa fue anterior a que las anotaciones de Gabriela se convirtieran en libro.

“Mi hermana y mi cuñado están muy enfermos. ¿Y si alguno de ellos falta y ella no sabe cuánto la amaron y cuánto lucharon por ella? Le pedí a cada uno que le escribiera una carta. Las fui abrochando al cuaderno. Y seguí escribiendo y escribiendo”, dijo Mansilla, quien sueña con iniciar una fundación para ayudar a chicos trans y sus familias.

Entre las cartas que hoy se incluyen en el texto también hay una de Viviana, la mamá de la compañerita de jardín de infantes por quien Luana decidió elegir su nombre. Según explicó Mansilla, la mamá de la otra Luana tuvo “una aceptación ciento por ciento”.”Luana es amiga de Luana”, añadió.

“Entonces me convencí de que tenía que publicarlo, con las vivencias de Luana, con sus diálogos, con nuestra experiencia, la experiencia de toda la familia. Cuanto más se hable del tema, cuantos más chicos trans haya, cuanto más natural se haga el tema, mi nena va a tener una vida más tranquila”, dijo y añadió: “¿Cómo llegás a que la gente entienda, abra el corazón, escuche? Si esta es una de las maneras, avancemos, me dije”.

“Yo sé que no la va a pasar bien el día de mañana, por más que le allanemos el camino, por lo menos hasta los 18 años no va a tener el cuerpo que desea. Y va a tener conflictos, alguien la va a despreciar, alguien la va a discriminar, y algo le va a pasar. Estoy segura. Entonces quería dejarle algo”, señaló Mansilla.

Mansilla destaca tres puntos importantes de Yo nena, yo princesa. Primero, las palabras textuales de su hija, sus diálogos y expresiones. En segundo lugar, sus dibujos, de modo que padres y docentes vean cómo se expresa una nena trans: “Si una maestra de jardín de infantes ve que un chico de tres años dibuja durante todo un año muñecas, nenas y princesas rosas (…) algo está pasando”, explicó. Finalmente, el libro incluye información acerca de a quién consultar: “Les estoy tratando de allanar el camino no solo a los chicos trans, sino también a sus familias”, dijo.

La mujer trabaja haciendo y vendiendo empanadas. Vive en el oeste del Conurbano en una casa a medio terminar. El padre de sus hijos abandonó a su familia en medio de la transición de Luana y desde hace más de un año no ve a sus chicos ni pasa cuota alimentaria a Gabriela.

“Hay momentos en que voy para adelante y encaro un tren, y hay momentos en que quiero que la tierra me trague”, afirmó. “Este no es un libro de ficción, es la vida real de mi hija y ahí está el sufrimiento de mi hija. Y en esas 250 páginas una página es la de la entrega del DNI, que es la de la felicidad, pero después son seis años de sufrimiento. Lo leo y lloro. Uno cuando lee un libro se mete en la historia. Pero yo a esa historia la viví”, explicó la mamá de Luana.

Fuente: Infobae

Review: La Momia

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El jueves fuimos con #Novia a ver la nueva versión de la Momia, en este arranque de lo que se supone van a juntar a todos los Monstruos de la era de oro del cine y hacerlos pelear contra…no se el mago de oz? en fin la película no tiene mucho para aportar es puro pochoclo, predecible en todo sentido y la verdad me hubiese gustado que el guionista estudio un poco mas sobre los dioses egipcios. Si quieren ver una pelicula de accion donde se lo ve a Tom Cruise hacer lo que siempre hace como correr y sonreír vayan

Una cosa si rescato, el final de la pelicula me sorprendio un poco…creía que iba a tomar otra decisión

T.